Cuando los adultos fallamos, la niñez paga con su vida

En los últimos días, la prensa dominicana ha reseñado hechos estremecedores: niños y adolescentes que han sido maltratados, torturados e incluso asesinados por las mismas personas llamadas a protegerlos: sus padres o tutores. Estos hechos no son simples noticias; son heridas profundas en la conciencia de un país que no puede seguir normalizando lo inaceptable.

by | Ago 27, 2025

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Cada muerte infantil es un recordatorio doloroso de que la niñez necesita más cuidado, más atención y, sobre todo, más acción colectiva.

En los últimos días, la prensa dominicana ha reseñado hechos estremecedores: niños y adolescentes que han sido maltratados, torturados e incluso asesinados por las mismas personas llamadas a protegerlos: sus padres o tutores. Estos hechos no son simples noticias; son heridas profundas en la conciencia de un país que no puede seguir normalizando lo inaceptable.

No hablo desde la frialdad de las cifras ni desde el lugar distante de una estadística. Hablo desde el desgarro humano de vidas que apenas comenzaban; de risas infantiles que se apagaron demasiado pronto; de sueños truncados antes de nacer. Como madre, me resulta imposible leer esos titulares sin pensar en mis hijos, en la vulnerabilidad de la infancia y en lo mucho que dependen de nosotros los adultos para crecer en entornos seguros, llenos de amor y protección. Y, sin embargo, tantas veces les fallamos.

Porque cuando un niño muere víctima de la violencia de un adulto, no es solo un hogar el que fracasa. Es toda una red de protección la que se rompe: la familia que no pudo ser refugio; la escuela que quizás no detectó las señales de alerta; el Estado que no llegó a tiempo; y nosotros como sociedad, que tantas veces preferimos mirar hacia otro lado.

Ser madre me ha enseñado que no hay tarea más sagrada que cuidar, acompañar y guiar. Pero también me ha mostrado las carencias: familias que necesitan ayuda y orientación, escuelas que requieren más herramientas, comunidades que han perdido la sensibilidad y un Estado que, aunque ha hecho esfuerzos, aún no coloca a la niñez en el centro absoluto de sus prioridades. Por eso, no basta con la indignación pasajera. Necesitamos políticas públicas de prevención, programas de apoyo emocional, educación en crianza positiva y redes comunitarias más vigilantes y solidarias.

Cada niño y adolescente merece crecer en un hogar donde se sienta amado, no amenazado. Merece ir a una escuela que lo proteja y vivir en una sociedad que no lo abandone. 

Protegerlos no es un gesto de compasión: es un deber ético, moral y ciudadano que nos define como seres humanos y como país.

Hoy, ante cada muerte infantil, no podemos darnos el lujo de la indiferencia. No podemos aceptar que estos casos se conviertan en titulares de un día que pronto olvidamos. La niñez dominicana no debe seguir pagando con su vida los errores, las omisiones y la irresponsabilidad de los adultos.

Ellos son nuestro presente y nuestro futuro. Y fallarles a ellos, es fallarnos a todos.

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