Cuando los padres son los que no dejan el nido

Soltar no es abandonar

by | Abr 1, 2025

by | Abr 1, 2025


Dicen que los hijos nacen con alas invisibles, que crecen a medida que aprenden a decir “yo puedo”, “yo quiero”, “yo decido”. Pero hay veces en que esas alas nunca se despliegan. No por falta de viento, sino porque quienes debieron impulsarlos a volar (sus propios padres) se aferran al borde del nido con tanta fuerza, que terminan siendo ellos quienes no quieren soltar.


Y así, lo que debería ser un nido cálido se convierte en una jaula de oro: llena de amor, sí, pero también de barrotes invisibles construidos con miedo, control y un afecto mal entendido.
Desde que nacemos, nuestros padres se convierten en nuestra primera guía, ese faro que nos orienta en un mundo desconocido. Sin embargo, llega un momento en que los roles cambian: los hijos necesitan tomar sus propias decisiones y los padres, aprender a soltar. ¿Qué pasa cuando ese proceso natural se detiene? ¿Qué ocurre cuando son los padres los que se resisten a dejar el nido?
Este es un tema que he presenciado en varias ocasiones y que, como madre, me hace reflexionar. El deseo de proteger a nuestros hijos es natural, pero ¿dónde está el límite entre cuidar y controlar?


No hay nada más humano que querer proteger a un hijo. Es un reflejo tan natural como respirar. Pero cuando esa protección se transforma en vigilancia constante, en decisiones impuestas, en llamadas diarias que suenan más a chequeo que a cariño, se borra la línea entre el amor y el control.


El problema no es acompañar el vuelo, sino querer dirigir el rumbo. Según un estudio publicado en el Journal of Child and Family Studies (2016), los jóvenes que crecen bajo una sobreprotección constante suelen presentar mayores niveles de ansiedad, menor autoestima y una reducida capacidad para resolver problemas por sí solos.
No se aprende a volar si alguien más bate tus alas por ti.


Estos hijos, atrapados en un nido que nunca se abre del todo, llegan a la adultez sin brújula emocional. Les cuesta decidir, temen equivocarse, buscan validación externa como si su valor dependiera siempre de una voz ajena. Y cuando intentan amar, lo hacen con miedo: miedo a depender demasiado, o a no saber poner límites.
Pero este encierro no solo duele en las alas de los hijos. También agota a los padres que, al no dejar partir, terminan atrapados en el rol que ya debieron soltar.


Muchos padres no saben qué hacer con el silencio que queda cuando los hijos ya no necesitan instrucciones. Se enfrentan al eco de sus propios vacíos, a la nostalgia del “antes” y al vértigo del “después”. La Universidad de Michigan publicó en 2018 un estudio que señala cómo los padres que no logran soltar suelen experimentar ansiedad, estrés y sentimientos de pérdida.
Y no es que no amen. Es que aman tanto, que confunden el amor con la permanencia.


Entre padres e hijos debe haber puentes, no grilletes. El diálogo es esencial, pero debe fluir con respeto, no como interrogatorio ni como juicio. Como bien expresa la psicóloga Madeline Levine en The Price of Privilege, el verdadero acompañamiento consiste en crear un entorno donde los hijos puedan expresarse sin temor, tomar decisiones sin culpa y regresar sin reproches.
El problema no es que el hijo se vaya del nido. Es que a veces los padres nunca aprendieron a rearmar su vida cuando el nido se vacía.


Soltar no es abandonar. Es permitir que el otro florezca, aunque no sea bajo nuestra sombra. Es confiar en que la semilla que sembramos, regamos y cuidamos, sabrá encontrar su propio sol.
Hay una belleza profunda en ver a los hijos tomar su rumbo. En entender que ya no nos necesitan para caminar, pero nos eligen para compartir su camino. Que no somos sus alas, pero sí el viento que alguna vez los impulsó.
Y si hay algo que he aprendido —como hija, como madre, como observadora del alma humana— es que el amor más puro no es el que retiene, sino el que libera.
El verdadero hogar no es el nido, es el corazón al que siempre se puede volver.

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