Decía Oscar Wilde en Lady Windermere’s Fan que “la vida es demasiado importante como para tomarla en serio”. Y qué razón tenía. En la República Dominicana, por ejemplo, hemos perfeccionado el arte de convertir la tragedia en costumbre y la imprudencia en parte del folklore nacional. Morir en las calles ya no es un accidente: es un destino, una sentencia silenciosa que se firma cada vez que se enciende un motor o se cruza una acera.
Las cifras hablan, aunque nadie las escuche. Ocupamos un lugar privilegiado (casi de embajada) en los rankings de muertes por accidentes de tránsito. ¡Qué orgullo! Si hubiese una olimpiada de imprudencias viales, de calles sin aceras, de motocicletas como proyectiles y de leyes dormidas en la gaveta de algún burócrata, estaríamos en el podio, medalla de oro reluciente en el pecho. Nos aplaudirían por nuestra creatividad: un país donde hasta el que camina puede morir atropellado, sin haber cometido más pecado que intentar vivir.
¿A quién culpar? Esa es la parte más divertida de la tragedia. Como en toda buena comedia de enredos, todos tienen parte del guion, pero nadie quiere protagonizar la escena del juicio. El conductor dirá que la calle es un campo de batalla sin señalización; el ingeniero dirá que diseñó bien, pero el presupuesto era escuálido y el cemento corrupto; el ciudadano jurará que no lo educaron para respetar la luz roja, solo para llegar primero. Y el Estado… el Estado se pasea en sus estadísticas, con discursos de ocasión y promesas que no llegan ni a cruzar la calle.
La educación vial, esa criatura mitológica que vive en los libros de texto, pero nunca en las calles, brilla por su ausencia. A los niños se les enseña a cruzar la calle mirando a ambos lados, pero no se les dice qué hacer cuando el conductor que viene no mira, no frena y sí acelera. Los motociclistas viajan sin casco como si sus cráneos fueran blindados por la gracia divina. Y las autoridades, esas heroicas figuras de chaleco fluorescente, aparecen solo cuando hay cámaras. Luego se desvanecen como humo, dejando tras de sí un aroma a indiferencia.
Y, sin embargo, seguimos. Seguimos porque estamos acostumbrados al absurdo, como Wilde se acostumbró al escándalo. Seguimos porque la indignación dura lo que dura un tuit viral. Porque las muertes, esas que deberían estremecer hasta al mármol de los palacios gubernamentales, se han vuelto rutina de noticiario. Hoy fue uno, mañana serán tres, y el mes próximo quizás cinco más. ¿Y luego? Silencio. Otro minuto de silencio, mientras los frenos fallan, los semáforos mueren y la conciencia duerme.
Quizás, como insinuaba Wilde en El retrato de Dorian Gray, el problema no es la muerte, sino lo mal que vivimos antes de llegar a ella. “La mayoría de la gente existe, eso es todo”. Y en nuestras calles, hasta existir se ha vuelto peligroso.
No, no es un accidente. Es un sistema. Un sistema donde la muerte en las vías es más frecuente que la vergüenza en la política. Donde el presupuesto se invierte en avenidas para cortar cintas, pero no en aceras para proteger pies. Donde los discursos hablan de “movilidad” pero la gente apenas puede caminar sin morir en el intento.
El primer paso para salvar vidas no está en una ley nueva, ni en una cámara más. Está en admitir que tenemos un problema. Que este no es el país de la imprudencia, sino el país del abandono.
Y como bien sentenció Wilde en El alma del hombre bajo el socialismo: “Una comunidad es infinitamente más útil si enseña a los hombres a pensar por sí mismos, que si los enseña a obedecer órdenes sin pensar”.
Pero aquí ni enseñamos a pensar, ni a obedecer, ni a frenar. Enseñamos a esquivar la muerte. Y a veces, ni eso.