Bajo el cielo de concreto que cayó sin aviso,
quedaron flotando nombres,
risas que no volverán a llenar los patios,
sueños detenidos en el umbral de la infancia.
Una grieta partió la noche,
y en su caída, arrastró abrazos,
palabras no dichas,
miradas que esperaban el regreso.
Manos pequeñas buscan en el viento,
ciento treinta y seis miradas preguntan al alba:
¿dónde están los cuentos de antes de dormir?
¿dónde los brazos que eran puerto seguro?
La ciudad se cubre de una niebla de orfandad,
los juegos de parque llevan luto en las hojas,
y el eco de sus nombres
vibra en las paredes agrietadas de nuestra memoria.
Pero en cada niño huérfano hay una llama:
un temblor de vida que resiste,
una promesa de que no todo caerá,
de que todavía hay manos dispuestas a levantar sueños.
Que nunca olvidemos sus ausencias,
que cada acción sea un abrazo tejido en su honor,
y que sus pasos huérfanos encuentren siempre,
en nosotros, un hogar abierto al amor.







