En la era digital, la controversia ha dejado de ser una simple consecuencia de la dinámica mediática para convertirse en un activo valioso. La polarización y el sensacionalismo ya no son efectos colaterales: son estrategias deliberadas utilizadas por medios de comunicación, influencers y creadores de contenido para captar atención y maximizar beneficios.
Un ejemplo reciente es la denominada marcha a Friusa, promovida por la Antigua Orden Dominicana, un caso que ilustra cómo la indignación y el conflicto pueden transformarse en productos mediáticos altamente rentables. Más allá de su trasfondo ideológico, este tipo de iniciativas encuentran eco en plataformas que priorizan la interacción sobre la precisión informativa.
Las redes sociales han acelerado este fenómeno al recompensar los contenidos que generan reacciones extremas. Sus algoritmos favorecen la viralización de publicaciones que provocan debate, indignación o adhesión incondicional, convirtiendo el radicalismo en una herramienta de posicionamiento. Como resultado, la información rigurosa pierde terreno frente a narrativas emocionales diseñadas para captar atención a toda costa.
La tergiversación de hechos no es un accidente aislado, sino un mecanismo recurrente en esta nueva economía de la controversia. La inmediatez y la necesidad de impacto favorecen la difusión de datos descontextualizados, exageraciones y, en algunos casos, desinformación deliberada. Esto no solo deteriora la calidad del debate público, sino que también erosiona la confianza en los medios y fomenta la radicalización de audiencias.
El modelo de monetización basado en clics y visualizaciones refuerza esta dinámica. En un entorno saturado de contenido, los medios y creadores compiten por la atención, dejando de lado el matiz y el análisis detallado en favor de afirmaciones categóricas y titulares incendiarios. Así, el negocio de la controversia continúa prosperando sin incentivos reales para cambiar.
Si bien los medios desempeñan un papel clave en la propagación del radicalismo, la audiencia también tiene responsabilidad en su auge. Compartir información sin verificar, participar en debates sin cuestionar las fuentes y consumir contenidos basados en emociones más que en datos contribuye a la perpetuación del modelo. La desinformación se sostiene sobre la falta de criterio crítico y la predisposición a reaccionar antes que a analizar.
Es urgente fomentar una cultura de consumo informativo más exigente. La verificación de datos, el contraste de fuentes y la resistencia a la manipulación emocional deben convertirse en hábitos comunes. Al mismo tiempo, los medios y creadores de contenido tienen la responsabilidad de replantear sus prácticas, priorizando la ética informativa sobre la rentabilidad inmediata.
El radicalismo en los medios no es un fenómeno espontáneo, sino el resultado de una estructura que premia la controversia y castiga la mesura. Mientras el modelo de monetización dependa de la viralidad, la desinformación y la polarización seguirán siendo herramientas frecuentes. La única manera de revertir esta tendencia es a través de una combinación de responsabilidad mediática y criterio ciudadano, construyendo un ecosistema informativo que valore la verdad por encima del espectáculo.